Las ventajas competitivas tienen fecha de caducidad
El problema es que las reglas del juego cambian solas
Imagina que llevas años perfeccionando una habilidad, construyendo un proceso o desarrollando un producto que te da una ventaja clara sobre tus competidores. Funciona. Los resultados lo demuestran. Y entonces, sin previo aviso, el contexto cambia: aparece una tecnología nueva, un competidor con un modelo distinto, o simplemente el mercado deja de valorar lo que tú ofrecías. Tu ventaja no desaparece por haberte equivocado. Desaparece porque el mundo se movió y tú seguías optimizando algo que ya no era lo más relevante. Esto le ha pasado a empresas, a ejércitos y a profesionales en todas las épocas. Y hay un ejemplo, de hace ocho siglos, que lo ilustra con una claridad poco habitual.
La naginata (薙刀, “espada que siega”) es un arma de asta (o mango largo), con una hoja curva. Similar a la guja europea (conocida en otros países como glaive o voulge), se convirtió en el arma por excelencia de las tropas a pie en los campos de batalla de Japón entre los siglos XI y XV.
Surgió durante el período Heian, hace más de mil doscientos años, consolidándose a finales de esa era y en el período Kamakura. Se desarrolló probablemente a partir de armas procedentes de China o Corea, al alargar el mango de una espada para aumentar su alcance y versatilidad.
Se trataba de un arma verdaderamente formidable, una especie de alabarda curva que combinaba el alcance devastador de una lanza con el poder cortante de una espada. Su mango de madera tenía una longitud entre 1,2 y 2,5 metros, y se remataba con una hoja curva de acero de un solo filo, afilada como una guadaña. Aquí tienes un vídeo corto mostrando su uso.
Su diseño permitía realizar amplios barridos, cortes rasantes y estocadas. Era muy efectiva contra la caballería, gracias a sus movimientos circulares y de siega, que podían herir patas de caballos o desmontar jinetes. Además, su versatilidad (cortes, barridos, golpes con el contrapeso ishizuki en la base del asta) la hacía ideal para combates individuales o semicerrados. Si te apetece ver cómo se entrena a fecha de hoy la naginata, siguiendo las pautas de hace siglos, aquí tienes otro vídeo (nota: el vídeo no está acelerado, los tipos entrenan así).
Puedes imaginarte que, con estas características, la naginata rápidamente se convirtió en el arma favorita de samuráis y monjes guerreros (sōhei), ganando fama en batallas como las de la Guerra Genpei por su capacidad para cambiar el curso de un combate.
Pero, como pasa con todas las herramientas, su uso no es eterno. En el siglo XV, un arma desplazaría el uso de la naginata a un segundo lugar: el yari.
El yari es una lanza recta, de punta, diseñada principalmente para empujar y pinchar.
A ver. Un momento.
Tenemos, por un lado, un arma que es como una lanza y un sable combinados. Te permite segar con amplios barridos, cortar y dar estocadas. Es excelente contra la caballería, y terrible contra casi cualquier otra arma que tenga tu oponente.
Por otro lado, tenemos un palo con un pincho. Un puto palo con un pinchito en el extremo. Y lo que haces con él es, bueno… pinchar. Lo extiendes, y lo clavas. En línea recta. Previsible a más no poder.
Aquí falla algo, ¿no?
Sí. Lo que falta es tener un poco más de contexto.
En pleno período Sengoku (siglo XV), surge la masificación de los ejércitos. Los grandes señores feudales necesitaban tropas numerosas y baratas. Los ashigaru (campesinos reclutados) se convirtieron en la fuerza principal. Y, en ese escenario, el yari era mucho más rápido de fabricar, más barato y mucho más fácil de enseñar. Pilla a un conjunto de campesinos, dales palos con pinchos, enséñales lo más elemental (a pinchar, a cargar, a defender la posición) y luego diles que vayan todos apretaditos entre sí, formando una falange: un “muro de puntas” para empujes colectivos.
La naginata no desapareció por completo, pero su rol en el campo de batalla principal disminuyó drásticamente; quedó más asociada a la defensa de castillos, combates secundarios o, especialmente, a las onna-bugeisha (mujeres samurái), que la usaban para defender el hogar.
La “evolución” de la naginata al yari refleja un cambio de paradigma militar: de un estilo más individual y versátil (en el que una alabarda cumplía con las necesidades) a uno colectivo, disciplinado y orientado al alcance masivo (donde las lanzas resultaban más convenientes).
¿Y en qué momento entra en desuso el yari? Su declive fue gradual y se acentuó en el período Sengoku, a finales del siglo XVI. En esa época, se instaura el tanegashima (arcabuz), el arma de fuego procedente de los portugueses. La batalla de Nagashino (1575), que comentamos hace dos semanas, es un excelente ejemplo para ilustrar este cambio.
Luego, más tarde, llegaría la paz con el shogunato Tokugawa, en lo que se llamaría el período Edo (1603-1868). En ausencia de grandes batallas, desapareció la necesidad de ejércitos masivos de infantería y formaciones de picas. En cambio, los conflictos eran a pequeña escala, en forma de duelos o enfrentamientos urbanos, lo que impuso la espada como el arma simbólica y práctica principal de la casta samurái. Sencillamente, la katana era más conveniente para llevar siempre encima, y para resolver altercados en un callejón.
Lo curioso de esta historia no es que las armas cambiaran. Es el patrón con el que cambiaron: cada una dominó durante un período concreto, generó una ventaja clara para quien la adoptó, y luego fue desplazada cuando el contexto dejó de favorecerla. No por ser mala. No por haber fallado. Sino porque las reglas del juego habían cambiado. Eso tiene un nombre en estrategia empresarial, y Rita Gunther McGrath lo bautizó como ventaja competitiva transitoria.
McGrath es una reconocida experta mundial en estrategia, innovación y crecimiento, y se desempeña como profesora en la Columbia Business School. En el año 2013, publicó su libro “The End of Competitive Advantage”, en el que alegaba que el concepto de “ventaja competitiva” de Michael Porter tenía una limitación temporal importante. Para ella, las ventajas son transitorias: surgen, se explotan durante un tiempo limitado y luego se erosionan rápidamente por la imitación, los cambios tecnológicos o las transformaciones del entorno.
En el contexto de los combates de la época Muromachi y anteriores (previo al siglo XV), la naginata ofrecía una ventaja competitiva clara: versatilidad (cortes, barridos, enganches), efectividad contra jinetes y prestigio para el guerrero individual. Sin embargo, cuando la naturaleza de la guerra cambió (más infantería masiva y batallas a gran escala), esta ventaja se erosionó rápidamente. La hoja curva era menos óptima en formaciones densas de empuje colectivo.
Durante el siglo XV, se impuso el uso del yari. Era más barato, fácil de producir en masa, sencillo de enseñar a tropas poco entrenadas y superior para crear “muros de puntas” y empujes frontales. Este despliegue generaba ventajas competitivas frente a otros tipos de formaciones, pero fue también transitoria, porque dependía del contexto específico de guerras terrestres masivas sin armas de fuego dominantes.
Más tarde, la introducción de las armas de fuego portuguesas creó una disrupción que erosionó rápidamente la ventaja del yari. Batallas como Nagashino (1575) mostraron cómo las formaciones de arcabuceros, protegidas por piqueros, podían aniquilar cargas tradicionales. La dinámica de las batallas evolucionaron hacia tácticas combinadas de piqueros, arcabuceros y caballería ligera. El poder de fuego se convirtió en la nueva ventaja transitoria dominante. Y con la unificación y la larga paz del período Edo, incluso esta ventaja militar se volvió menos relevante en el campo de batalla, provocando que la katana (como símbolo de estatus) ganara terreno en un entorno de “paz armada”.
Si tuviéramos que pensar en algún ejemplo análogo moderno, para ilustrar cómo una organización puede ver impotente cómo se deshace su ventaja competitiva, podríamos mencionar Nokia. Hasta el año 2007, disponía de una posición privilegiada gracias al hardware resistente de sus productos y a su economía de escala. Un año más tarde, llega el iPhone y (a través de una experiencia de usuario renovada y un ecosistema que propició efectos de red) desbancó al gigante finlandés en un tiempo récord. Por supuesto, esto no fue el único factor determinante (también había problemas de cultura organizativa, una guerra de poder entre divisiones, y problemas en el sistema operativo Symbian), pero la ventaja competitiva que presentaba como barrera frente a sus competidores desapareció bruscamente.
La conclusión principal es que ninguna arma dominó “para siempre”. Cada una tuvo su fase de ramp up y exploit, seguida de erosión cuando el contexto cambió (más infantería → más alcance → poder de fuego). Los señores feudales (daimyō) que triunfaron fueron aquellos que reorganizaron sus ejércitos, tácticas y producción de armas con rapidez. Los que se aferraron demasiado a la naginata o al estilo tradicional de combate perdieron terreno.
Rita Gunther McGrath no declaró el “fin” de la estrategia, sino el fin de un modelo estático de ventaja competitiva. Su concepto de ventaja transitoria ofrece una idea importante para saber competir en la era de la volatilidad. Su mayor legado es recordarnos que, en el mundo actual, la única ventaja verdaderamente sostenible es la capacidad de reinventarse constantemente y moverse con mayor velocidad que la competencia.
La pregunta no es si tu ventaja actual va a erosionarse. Va a erosionarse. La pregunta relevante es si, cuando eso ocurra, ya estarás construyendo la siguiente.
A continuación te propongo algunas ideas concretas para llevar todo esto a tu día a día.
Takeaways
A nivel personal
¿Cuál es tu “naginata”? ¿Qué habilidad o conocimiento te ha dado ventaja hasta ahora, y cuánto tiempo llevas sin cuestionarte si sigue siendo relevante?
¿Estás desarrollando habilidades que tienen valor en varios contextos posibles, o estás especializándote en algo que solo funciona si el entorno se mantiene estable?
A nivel de gestión de equipos
Cuando alguien del equipo propone cambiar algo que “ya funciona”, ¿cuál es la reacción habitual? ¿Se evalúa la propuesta o se descarta por inercia?
¿Sabes cuáles son las capacidades de tu equipo que serían difíciles de replicar si el contexto cambiara? ¿Las estás reforzando conscientemente, o dando por sentado que seguirán siendo valiosas?
A nivel corporativo
¿Tiene tu organización una lectura honesta de en qué fase está su ventaja competitiva actual: construcción, explotación o erosión? ¿O simplemente se asume que lo que funciona hoy seguirá funcionando mañana?
¿Tiene tu organización casos internos de “yari”: procesos, productos o modelos de negocio que en su momento fueron una innovación y ahora son simplemente el estándar que todo el mundo replica?


