La ventaja de no tener que elegir
Aprende a no resolver ciertas preguntas
Esto es Gunbai, una newsletter sobre pensamiento estratégico inspirada en la cultura japonesa. Cada semana, una idea para desarrollar tu capacidad de decidir y actuar. Porque pensar estratégicamente no es un don, sino una práctica.
La cultura japonesa abraza la contradicción y la dualidad con una intensidad como pocas veces he podido ver en mi vida.
Podría intentar exponerlo con varias metáforas, pero no he encontrado una mejor manera que trasladarte lo que explicaba la antropóloga Ruth Benedict en “El crisantemo y la espada”. Se trata de una obra algo discutida (y que no ha envejecido particularmente bien) pero que supo capturar algo que, ochenta años más tarde, es difícil de superar:
Todas las descripciones del carácter japonés que se han hecho durante los setenta y cinco años desde que el Japón abriera sus puertas al mundo van acompañadas de la frase «pero también son...», con una frecuencia nunca empleada al describir otra nación del mundo. Cuando algún observador competente escribe sobre cualquier otra nación y dice que sus habitantes son corteses en grado sumo, no se le ocurre añadir «pero también son insolentes y autoritarios»; si dice que son rígidos en sus normas de comportamiento, no agrega «pero también se adaptan fácilmente a las innovaciones»[...] Si afirma que es leal y generoso, no dice después «pero también traicionero y rencoroso»[...] Sin embargo, todas estas contradicciones constituyen la trama y urdimbre de los libros sobre el Japón, y son ciertas. Tanto la espada como el crisantemo forman parte de la imagen. Los japoneses son, a la vez, y en sumo grado, agresivos y apacibles, militaristas y estetas, insolentes y corteses, rígidos y adaptables, dóciles y propensos al resentimiento cuando se les hostiga, leales y traicioneros, valientes y tímidos, conservadores y abiertos a nuevas formas, preocupados excesivamente por el «qué dirán» y, sin embargo, propensos al sentimiento de culpa, incluso cuando los demás no saben que han dado un paso en falso; soldados en extremo disciplinados, pero con tendencia también a la insubordinación.
Con el párrafo anterior, seguramente habrás llegado a la conclusión de que el comportamiento japonés es complejo (que, de por sí, el comportamiento humano ya lo es… pero el japonés aún más). Y también habrás podido pensar que, con semejante explicación, no hay aproximación razonable para predecir y gestionar alguien de esa cultura. Que los japoneses no se entienden ni entre ellos mismos.
Y nada más lejos de la realidad.
Lo que ocurre es que para un japonés los extremos de una dualidad no tienen por qué suponer una elección. Que, para un japonés, las contradicciones no son un problema a resolver, sino algo con lo que vivir.
Desde Occidente heredamos de Aristóteles el principio de no contradicción: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo. Y esa forma de razonar la convertimos en el fundamento invisible de nuestra manera de pensar. Cuando algo parece contradictorio, nuestra reacción instintiva es resolverlo: elegir un lado, descartar el otro, o buscar una síntesis que los unifique.
En cambio, la cultura japonesa se caracteriza por una notable capacidad para integrar opuestos que, a nuestros ojos, parecen irreconciliables. Los japoneses no tienden a ver los extremos como mutuamente excluyentes, sino como complementarios y fluidos. No es que los japoneses no puedan elegir: es que no sienten la misma urgencia de hacerlo.
Y así te encuentras con situaciones anómalas que, a los pobres gaijin (occidentales) que somos, nos peta la cabeza.
Porque Japón es un pueblo con un cuidado exquisito por la armonía con la naturaleza: los jardines zen, la celebración del florecimiento de los cerezos y la filosofía shinto. Y, al mismo tiempo, es un país que sistemáticamente continúa explotando la caza de ballenas hasta un punto de sadismo capitalista (te aconsejo el documental “The Cove”).
Porque Japón es el primer país que pensarías si te pregunto por la “cultura del honor” y en realidad una enorme cantidad de samuráis pertenecían a una casta de grandísimos hijos de fruta que continuamente se engañaban y apuñalaban por la espalda (a veces, hasta literalmente).
Porque Japón tiene una cultura emblemática del cuidado a los mayores procedente del confucionismo, y al mismo tiempo tienen a una parte muy relevante de su población anciana en situación de vulnerabilidad que roza la negligencia sistémica (puedes leer un poco sobre kodokushi en este artículo).
Porque Japón tiene una cultura del respeto y el cuidado de las formas que te parece admirable... hasta que te empujan de manera sutil, reiterada y consciente, como me ha pasado personalmente en pleno Tokyo (allí lo conocen como butsukari otoko, pero si me preguntas a mí, se me ocurren otras formas de calificarlo en un castellano riquísimo en adjetivos).
Porque Japón destacó durante años en tener una clase social que se especializó en el uso de la violencia y en sistematizar formas de matar al adversario, pero esas mismas personas escribían poesía en pleno campo de batalla.
Y podríamos estar así hasta mañana, describiendo situaciones... Pero creo que captas la idea.
Lo más curioso es que todos los ejemplos anteriores te habrán causado una sensación de choque, como dos colores (el blanco y el negro) que impactan uno contra el otro. Y, en cambio, para un japonés estoy describiendo escenarios distintos, pero no por ello incompatibles.
El pensamiento japonés, impregnado de budismo zen y sintoísmo, parte de una premisa distinta a la nuestra: la realidad es fluida, relacional y situacional. Las cosas no tienen una esencia permanente, sino que existen en relación con su contexto. Por eso la misma persona puede ser, legítimamente, dos cosas a la vez sin que eso constituya una falla moral o lógica.
Otro ejemplo es la distinción entre tatemae y honne: la fachada pública y el sentimiento real. Para el occidental, esta dualidad suena a hipocresía. Para el japonés, es simplemente el reconocimiento de que la vida social y la vida interior son registros distintos, cada uno con sus propias reglas, igualmente válidos. No hay traición al yo en mantener ambos. Al contrario, la persona madura es la que sabe cuándo habitar cada uno. Es un mecanismo de competencia social para ser funcionales.
Un occidental piensa, “estos dos extremos son opuestos: ¿cómo lo resuelvo?”. En cambio, la pregunta japonesa no es “¿cómo puedes ser las dos cosas a la vez?”, sino “¿en qué situación estamos ahora?”, y a partir de ahí se actúa.
Esta forma de abordar la realidad (y casi hasta diría que “la vida”) nos interesa. Al menos, en el ámbito del pensamiento estratégico.
En Occidente resulta frecuente ver que hemos sido educados en la lógica del “bien” y “no bien”. Y, por ese motivo, tenemos una tendencia brutal a elegir un polo y defenderlo. Eso no es discernimiento, sino rigidez mental. Por el contrario, aprender a habitar la tensión sin resolverla, como hace el pensamiento japonés, podría ser una de las competencias más valiosas del liderazgo contemporáneo. Porque en entornos complejos es muy habitual verte inmerso en “tensiones que no puedes resolver”.
Ojo: abrazar la contradicción japonesa no significa abandonar la lógica ni caer en el pasotismo. Significa añadir una dimensión que la formación occidental frecuentemente omite: que los opuestos no siempre compiten, a veces se completan.
¿Debo ser feliz con lo que tengo, o bien debo aspirar a mejorar?
¿Debemos lograr la eficiencia operativa o la innovación disruptiva?
¿Debo aceptar la realidad tal y como es, o debo intentar aportar mi granito de arena para un mundo mejor?
¿Debo cuidarme y tener un estilo de vida sana, o debo disfrutar de la vida sabiendo que ninguno de nosotros sale vivo de ella?
¿Debo ser profesional y formal, o debo ser cercano y amigable en la oficina?
Todo eso son falsas dicotomías.
Vemos opuestos y enseguida se nos activa un proceso cognitivo de “resolver el conflicto” para dilucidar quién gana esa discrepancia.
Pero el cambio y la contradicción forman parte del orden natural, como el yin y el yang. Tener delante una “contradicción” no significa estar frente a un fallo lógico a resolver.
Quizás la habilidad que vale la pena cultivar no sea la de resolver contradicciones más rápido, sino la de ampliar nuestra tolerancia a ese espacio incómodo donde todavía no hemos elegido, donde los dos extremos coexisten sin anularse. En entornos complejos (que son casi todos los que verdaderamente importan), quien sabe operar en ese espacio tiene una ventaja que no aparece en ningún manual de lógica.
No se trata de abandonar el pensamiento crítico. Se trata de no confundir la incomodidad de la contradicción con una señal de que algo está mal.
La armonía no siempre requiere resolver los opuestos, sino aprender a danzar con ellos. Quien lo logre pensará no solo con más claridad, sino con mayor capacidad estratégica.
A continuación te propongo algunas ideas concretas para llevar todo esto a tu día a día.
Takeaways
A nivel personal
¿Qué contradicción llevas tiempo intentando resolver que quizás solo necesita ser habitada? ¿Qué cambiaría si dejaras de verla como un problema y empezaras a gestionarla como una condición permanente?
¿En qué áreas tiendes a elegir un extremo por comodidad, y no por convicción? ¿Dónde estás simplificando en exceso algo que merece más complejidad?
A nivel de gestión de equipos y a nivel corporativo
¿Qué tensiones estratégicas en tu organización se están “resolviendo” cuando en realidad deberían gestionarse? Eficiencia vs. innovación, autonomía vs. alineación, corto vs. largo plazo. ¿Estáis eligiendo un polo por claridad operativa, perdiendo lo que el otro polo aporta?
¿Cómo reacciona tu equipo cuando aparece una contradicción en una reunión? ¿Se activa inmediatamente el modo “a ver quién tiene razón”, o hay espacio para explorar la tensión antes de resolverla? La respuesta dice mucho sobre la cultura de pensamiento del equipo.
PD: Como adelantamos la semana pasada, hemos movido el día de publicación de estos artículos a los domingos. Probaremos unas semanas así, y vemos si nos encaja a todos (autor y lectores). Te escucho ;-)



La admiración superflua y superficial del rollo cuktireta simbólico sin enfrentarse al hecho real de que los viejos japoneses ahora tan turafotos han hecho esa sociedad de desquiciados, es muy de oaracaifista y pico de francotirador realista.